No se acostumbra conversar demasiado con los taxistas, la gente siempre se cuestiona el modo, las formas, incluso hasta el trato que se llegue a tener. Nadie mira ni de soslayo la intimidad con la que se puede llegar a desarrollar una charla. Las confesiones y alguno que otro disparate.

En la gran ciudad trato de concentrarme en las anotaciones o el trabajo mental que he postergado, y no hay mejor momento para retomarlo que cuando se está cómodo y de cierta forma tranquilo. Me llamó la atención que éste hombre de mirada atenta, pelo cano y una sonrisa permanente me soltara a quemarropa: “… Y usted qué me dice, señorita: ¿Tiempo al amor o amor al tiempo?” De inmediato mi aletargada mañana se sacudió de tajo, no entendí al inicio, lo que provocó que de inmediato me repitiera la pregunta que más bien parecía una frase de anciano.

Fue ahí donde comenzó mi charla con éste interesante hombre, quien fungió hace algunos ayeres como chofer de los más altos funcionarios del gobierno. Durante dos sexenios. Dos de los más controvertidos mandatarios. Toda su hazaña culminó con la caída y mandato del maldecido y eternamente condenado a la ignominia ex Presidente Carlos Salinas de Gortari. En aquel no tan lejano México.

“Uy señorita, si yo le contara todo lo que vi, lo que llegué a escuchar, seguro me truenan”, exclamó con aire acalorado el señor Miguel Ángel Carrillo Flores, taxista por convicción desde hace 19 años.

-¿Cómo fue que usted entró en esos lares, de llegarse a codear con éstas personas tan importantes?

-Mi vida ha sido tan corta y a la vez tan larga. Por eso le digo a usted que aproveche, no se quede con las ganas de nada. Yo por eso me fui a vivir a Culiacán cuando tenía 15 años. Me fui de puro berrinche, porque mi novia se casó con un bato, por despecho quizá, y porque mi papá también me quería meter a la fuerza a estudiar arquitectura, y ni madres, yo no quería hacer eso. Yo respeto a los ‘arquis’, pero qué flojera andar haciendo dibujitos todo el tiempo.

“Cuando llegué a Sinaloa, lo primero que noté fue que la gente es muy honesta. Sin miramientos. Ellos le dicen a uno: ‘Dime lo que se te venga en gana, pero eso sí, no me mientas’. Eso me gustó de ellos, la frialdad que emanan, que son bien ‘al chile’ como le dicen ustedes los jóvenes a la sinceridad. No como acá, que de todo se asustan, de todo chillan. Pues así no se puede oiga”.

“Se me hizo bien rápido el tiempo que estuve allá, comencé trabajando como trailero, pero muy al principio yo me encargaba de conseguir la carga para los mismos transportistas. Conseguía a los proveedores de diferentes empresas y negociaba la carga que se tenía que llevar a distintos destinos de la República. Después, a falta de choferes, comencé a entrarle yo también a la manejada, de a poco en poco. No me daba miedo, al contrario, siempre he sido muy ‘entrón’. Estuve en eso cerca de 5 años, hasta que el destino me tendió una treta. De esas que son difíciles para uno como hombre: Me enamoré”.

“Fue bien extraño todo, se supone que yo nada más venía a la ciudad de México a por mi mamá, a llevarla a la playa. Fue en una pinche reunión, no recuerdo de qué. Estaba yo ahí sentado cuando la vi por primera vez, ay señorita, tan linda aquella mujer, tan preciosa, que tuve que acercarme para hablarle. No había de otra. De a piropos, no hay más. De a palabras se llega a enamorar una mujer. No sé si ahora funcione así, pero antes sí que lo era. Al mes nos casamos, el 8 de diciembre de 1979. Entonces dejó de ser ‘esa’ mujer hermosa para convertirse en María Elena de Carrillo, mi amada señora”.

“Ella estudiaba psicología en la UNAM, pero trabajaba de secretaria en la Oficialía Mayor, por ella logré entrar en esos desmadres (risas). Al principio supe que era un poco difícil, pero tal vez le caí bien al jefe de departamento, quien era un bato mal encarado que a nadie tragaba. Primero me asignó como chofer del ex presidente Miguel de la Madrid, cuando todavía era candidato en el 82, para después mandarme como chofer personal de su señora esposa, Paloma Cordero. Me caía bien el señor, era un poco gritón pero buena persona, no le puedo yo dar a usted tantos detalles, hubo cosas medio chuecas que se sabían dentro, pero como le digo, es un poco escabroso saber que a pesar del tiempo, andan detrás de los pasos de uno. Después de él, me tocó Salinas, ese cabrón que nadie quiere, el desaparecido y reaparecido. Yo digo que ni en su casa lo quieren”.

“Muchas personas creen que ellos nos platicaban, que hasta nos invitaban a sus reuniones, pero nada de eso, nos saludaban, sí, y sus ‘guarros’ nos indicaban el rumbo del viaje, no más. Todo lo que comentábamos era de a oídas, se escuchaban muchas cosas, nos llevaban a muchos lugares. Unos tal vez insospechados. No había propina pero si un buen aguinaldo. Buen sueldo, buena comida. Eso solo a veces, cuando teníamos la cortesía de algunos amigos del ‘jefe de jefes’ (el mandatario) a veces en los campos de golf muy cerquita de Cuautla, Morelos”.

“Ya cuando a don Carlos se le acabó el veinte, le seguí con algunos funcionarios importantes del Estado Mayor, pensé que me iban a dejar continuar con Zedillo, pero poquito después, cuando el desmadre del FOBAPROA nos mandaron a todos a la chingada. Simplemente ya estorbabamos para muchos ahí, y como es de esperarse: ¡la sangre joven exige! Nos movimos unos compañeros queridos y yo. No hubo de otra. Eso sí, con buena liquidación. Con eso comencé un negocio pequeño allá en Valle de Bravo.
Tenía un pequeño restaurante, ni modo, tenía que mantener a mis cuatro varones, mis grandes creaciones. Mi María Elena estuvo allá en el D.F. otros 2 años más, hasta que decidió que era momento de empezar con otras cosas. Me ayudaba con el changarro, llevaba las cuentas, administraba todo. Después de eso, allá por el 2001 las cosas se empezaron a poner medio feas, el narco comenzaba a adueñarse de la región, de a zona por zona. Fue entonces cuando nos regresamos para chilango”.

-¿Qué razón le dieron a usted para despedirle, cómo fueron esos años?

“Pues simplemente uno se da cuenta cuando ya las cosas van mal, entonces entre broma y broma le dicen a uno que su temporada ya se acabó, que ya es hora de emprender el vuelo. Eso, creo yo, es más entendible que cualquier otro eufemismo pendejo”.

-¿Tiene usted alguna fotografía con alguno de estos ex Presidentes?

-Claro que sí, permítame (se sacude la cabeza, mientras mete su mano derecha en uno de sus bolsillos, de donde saca dos fotografías en blanco y negro. En una de ellas se encuentra a un costado del ex Presidente Gortari junto a dos miembros del Estado Mayor y en la otra se encuentra su esposa, a los 20 años).

Por “motivos de seguridad” no me permitió fotografiar con la cámara de mi móvil la foto donde se encuentra con el ex mandatario y tampoco a los retazos de oficio donde le eran encomendadas las tareas y los itinerarios de los ex jefes del Ejecutivo. “Mire señorita, prefiero que se quede usted solo con el recuerdo de lo que acaba de ver”.

A la altura de Marina Nacional y a pocos minutos de llegar a mi destino, el señor Miguel Ángel me aseguró que los mexicanos estamos cegados, que nuestros políticos están corrompidos por el poder y que ahora estamos pagando la maldición de La Malinche. Ya que nuestra sociedad es desunida y envidiosa, siempre peleando. Que todo se gesta desde el núcleo familiar. La educación ya no es como antes, simplemente hay que partir desde ahí.

“Yo le puedo decir que ahora me encuentro feliz, no sé, tal vez no hice mucho, tal vez no soy nadie, vi, escuché, supe muchas cosas. Pero Dios no se equivoca y yo prefiero callar, yo siempre me repetía: ver, oír y callar. Para llegar a su casa, comer sabroso y dormir tranquilo. Sépalo bien, señorita: la tranquilidad y la libertad no tienen precio”.

Cuando llegué a mi destino tenía muchas preguntas que hacerle a éste hombre, sin embargo sabía de antemano que me iba a ser un tanto imposible, por lo que a manera de despedida y tal vez en un acto desesperado, le entregué un papel con mis datos, le dije que si algún día quería charlar acerca de aquellos años, ahí con mucho gusto iba a tener con quien. Llega la zozobra y crecen las ganas de permanecer en la eterna intimidad de la charla.

S. Weinberg

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